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Sofía Zavala

ICE 1021

Apenas y llegó dando saltitos. Ni siquiera le puso el seguro a la puerta. Sólo la cerro de golpe y, sin siquiera desabotonarlo, se bajó el pantalón de golpe y dejó fluir la urgencia de la vejiga que llevaba torturándola todo el camino. Qué maldito alivio, hombre — pensó Sofía con los ojos cerrados, disfrutando el chorro en su totalidad. Tan aliviada como preocupada. No se acordaba de cuántas veces había tenido que ir ya a ese baño. O de cuántos baños había visitado en ese tren. En su mente sólo coexistían en este momento dos cosas: la angustia y el alivio. Y que alivio. Se rascó la ingle, pegada por fuerza de la humedad al pubis. Lo que son las malas costumbres, hombre — se dijo, intentando aguantarse la pregunta que llevaba todo este tiempo en la punta de la lengua — ¿En qué momento se jodió todo, Zavalita? ¿Habrá sido esa última Coca Cola? ¿O ese pastelito después de la cena? Ha de haber sido eso... — pensó, intentando ignorar la sed que le traia escuchar ese flujo de vida que se le escapaba con tanta urgencia — Me lleva la que me trajo.

No sabía si echarle la culpa a su papá por haberse ido del Perú o por haberla traido a Alemania. O si simplemente era el precio a pagar por querer regresar a la casa de Miraflores. Pero fuera lo que fuese, nada la iba a detener. Necesitaba un café o algo más fuerte para seguir despierta y lo iba a conseguir. Mejor otra coca, esa sí me quita la sed.

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